Se erigió en la
parte posterior del Risco de la Nava, y forma un conjunto con la portada posterior
de la entrada a la basílica y la Arquería que limita la gran
explanada. En los cuerpos de edificios se estableció la comunidad propiamente
dicha: el Monasterio de los Padres Benedictinos en el de la derecha, y el
Noviciado y la Escolanía en el de la izquierda. La unión de
ambos y la relación entre los mismos se verifica por las plantas primera
y segunda. La baja, entrada a la Basílica, sirve de enlace para que,
desde la misma, los monjes puedan acceder procesionalmente al coro, en unión
de la Escolanía, en los actos litúrgicos. Los visitantes que
utilicen esta entrada para, por medio del ascensor, descender a la basílica,
lo pueden realizar solamente en horas que no perturben el desarrollo de los
actos litúrgicos.
La galería que conduce desde el
vestíbulo al interior de la basílica es una bóveda seguida
con arcos fajones rebajados sin imposta. Unos apliques de hierro sobre las
paredes iluminan el largo corredor que lleva hasta el ascensor y la escalera
que conducen a la base de la Cruz.
LA BASÍLICA DEL VALLE DE LOS
CAÍDOS
Para la descripción
de este bello monumento vamos a seguir las explicaciones del primer Abad Benedictino
que tuvo el Monasterio de la Santa Cruz del Valle de los Caídos: Fray
Justo Pérez de Urbel:
“……….Todo aquí
impresiona y sobrecoge desde el momento en que se atraviesa la gran puerta
de entrada. La admiración aumenta ante la gran escalinata de cien metros
de anchura, flanqueada de torretas y terrazas, por la cual se sube a la inmensa
explanada…..
Abajo está la entrada a la basílica,
adornada de pórticos, que se abren acogedores a las multitudes, y coronada
por la Piedad, ya famosa, de Avalos, expresión dulce y bella del dolor
resignado, que prepara el ánimo para penetrar en el interior del templo
subterráneo. Hay una gran puerta de bronce, con esculturas que nos
recuerdan las de la entrada del baptisterio de Florencia; hay luego un vestíbulo
de aspecto noble, sobrio y simple, hay, más adelante, un atrio con
decoración más rica y variada; hay una reja monumental de hierro,
ilustrada con las figuras más brillantes de la hagiografía española,
y montando guardia ante ella, dos arcángeles gigantescos de bronce,
en actitud meditativa y vigilante, con las alas levantadas y los brazos apoyados
en la empuñadura de la espada. Hemos recorrido ya más de sesenta
metros y entramos al fin en la gran nave: doscientos metros más. Estas
bóvedas imponentes nos impresionan por su sobriedad y nobleza. La ornamentación
sigue siendo recatada, aunque a uno y otro lado se abren elegantes capillas
con pinturas y esculturas de la Virgen: la Inmaculada, Loreto, el Carmen,
las Mercedes, el Pilar y Nuestra Señora de África; y aquí
está también la colección famosa de los ocho tapices
del Apocalipsis que Carlos V mandó dibujar a Van Orley.
En esta basílica vemos realizado el conocido
aserto teológico: “Ad jesum per Mariam”. Desde la nave,
eminentemente mariana, subimos al crucero consagrado al triunfo del Hijo.
Triunfa en el altar con el Cristo policromado del escultor Beovide, talla
profundamente conmovedora, cuya expresión se clava en el alma; y triunfa
en la gran cúpula, cuya decoración, debida a Santiago Padrós,
resalta con vivo contraste, frente a la severidad majestuosa de la piedra.
No puede imaginarse escena más grandiosa ni más vivamente expresiva
que la que se desarrolla en este mosaico con juego exquisito de colores: en
el centro, la figura de Cristo sedente, rodeado de santos enviados al cielo
por las iglesias de España, mártires, vírgenes, doctores,
reyes, papas, fundadores, prelados y campesinos. Por delante avanzan hacia
el Señor, en dos grupos compactos, catervas de héroes y mártires,
guiados por la Santísima Virgen, envuelta en mandorla de ángeles.
La sabia combinación del mosaico con el mosaico, los mármoles,
los bronces hacen que este recinto deje en cuantos a él llegan la más
honda emoción, y si tiene la suerte de ver desfilar en torno a las
gradas del altar el cortejo de los monjes con sus negras cogullas y de los
escolanos con sus vestiduras blancas, llenando los ámbitos con las
melodías más puras del canto gregoriano, sentirá cómo
su espíritu, purificado y transportado a un mundo más sereno,
siente el escalofrío de lo divino.
Tal es el gran monumento que el siglo XX ha
puesto al lado del que el siglo XVI dejó en El Escorial, una creación
sorprendente, de la cual se ha podido decir que será proclamada como
una de las maravillas de la civilización europea…….”