Recorrer los Misterios de Cristo a través de las celebraciones, que de ellos, durante siglos, ha realizado la Iglesia utilizando para sus propios ritos el Canto gregoriano, significa referirse a la tradición más antigua e iniciar un itinerario en el signo de la espera mesiánica.
La fe, que en el canto gregoriano encuentra una de las expresiones más altas y refinadas, ve en las realidades fundamentales de la encarnación, de la Pasión, de la muerte y Resurrección de Jesús las coordenadas del espacio y del tiempo espirituales, en las que el creyente ha estado en pasado, y hasta hoy, llamado a sincronizar la propia existencia.
La revelación de Dios entra en la historia del hombre, lo acoge en su inmediatez. El camino que Dios elige para hacerse conocer es la historia del hombre, la historia de la salvación. Pero la historia se convierte en esta perspectiva el lugar en que la Iglesia vive su misión, en fidelidad al mandato dado por Cristo.
Por esto el tiempo del hombre necesita ser dividido en momentos precisos que lo ayuden a revivir la historia de la salvación, real y concreta.
El tiempo litúrgico, en que el canto gregoriano encuentra su natural colocación, no sirve para recordar algo del pasado, no hace una conmemoración de algo que ya no tiene valor, sino que celebra el presente de la salvación para el hombre de hoy.
Sobre todo, en la perspectiva cristiana, se encuentra siempre el Dios del tiempo y la historia en cuyo centro, como para los Judíos, está la Pascua, es decir la salvación de Dios. El tiempo es entonces la categoría dentro de la cual se realiza la salvación cantadas las milenarias melodías engendradas por la profunda meditación del texto bíblico. Un celebrar, a través del canto gregoriano, que se convierte en la constante comparación con los misterios de la salvación pero a la espera de la venida final.