La cantilación tiene sus propias leyes unidas al idioma al que intenta embellecer: la acentuación es una de ellas. Como decía Cicerón en el latín existe un canto escondido (cantus obscurior) que hace que unas sílabas seán más agudas que otras. En nuestras lenguas mediterráneas esto es obvio. La puntuación realza el fraseo textual jerarquizando las distintas pausas y concluyendo generalmente en el grave. Por fin, el jubilus o melisma, que el ya citado Agustín define como canto sin palabras, cuando no se encuentran las mismas para expresar toda la grandeza de lo que se está intentando expresar: "He de decir lo que sabeis: qui iubilat, el que se regocija, no pronuncia palabras, sino que lanza un sonido de alegría sin palabras" (Ennarrationes in psalmos. Ps. 99). La unión de estos tres procedimientos de una manera inteligente y distinta según las regiones va a dar lugar al nacimiento de una serie de repertorios litúrgicos que se van a desarrollar siglos antes del nacimiento del canto gregoriano propiamente dicho: en el norte de Italia el repertorio ambrosiano o milanés, en el área de la metrópoli romana el canto y liturgia romana-antigua y en el sur el rito beneventano. En la Galia uno o más cantos galicanos, en Hispania un rito hispánico o hispano-visigótico (mozárabe), en Africa un rito africano, y la multitud de derivaciones orientales del cristianismo que todavía hoy presentan comunidades vivas y entusiastas de sus tradiciones agrupadas en dos grandes grupos: el sirio y el alejandrino. Es en este contexto tan diversificado en el que emerge la figura clave de san Gregorio, no como compositor, sino como aglutinador y liturgista, capaz de reformar y ordenar, de crear grupos de expertos en el canto, proporcionarles un lugar de reunión y probablemente dotarlos de unos estatutos de funcionamiento. Surge así la Schola Cantorum, primera reunión de expertos musicales que va a dedicar todo su tiempo a la labor de estudio y composición musical. Por un lado va a retomar antiguos cantos y los va a transformar en un estilo más elaborado. Algunas de estas sencillas melodías de forma responsorial se convertirán en desarrollados cantos interleccionales o en melismáticos cantos de ofrendas. Por otro va a componer cantos nuevos: la entrada de los celebrantes (que después conoceremos como introitos) y los cantos de comunión. Por lo que podemos saber, san Gregorio no tiene parte activa en la composición, sino más bien en la ordenación y codificación. Es ese grupo de expertos, la Schola, quien se va a encargar de esas labores. Más tarde y por razones de difusión, algunos de los biógrafos del santo papa benedictino contribuyeron a difundir la leyenda de que él había sido el compositor del repertorio, y empezó a conocerse como el Canto Gregoriano. La situación política en el reino de los Francos era delicada a mediados del s.VIII, al igual que lo era la del papado que vió amenazados sus intereses y territorios por los lombardos. En estas circunstancias tanto Pipino el Breve (probablemente así llamado por su estatura) como Esteban II decidieron prestarse ayuda mutua. Mientras el sumo pontífice ratificaba el derecho divino del reino francés, asegurando así su sucesión, Pipino se comprometía a defender los amenazados territorios papales. Para llevar a cabo la alianza el papa se desplaza hacia la Galia y tiene lugar un encuentro en la abadía de saint Denis (al norte de París) hacia el año 754. Esteban fue acompañado de todo su séquito en el que figuraban cantores y clérigos para celebrar las solemnes liturgias pontificales. Así los cantores francos pudieron ver y oir las melodías romanas. Con el paso del tiempo y la partida de los cantores romanos de nuevo a sus tierras, los cantores francos dotaron a esas melodías romanas de una ornamentación que les era más familiar. La estructura y la forma eran las romanas, pero los adornos y el ambiente sonoro eran galos. Como por deseo del rey la liturgia que debía implantarse en su territorio era la romana y el canto también, poco importó si las nuevas melodías eran lo que habían traído los cantores de la ciudad del Tíber, para todos los efectos era un nuevo canto que surge de la hibridación de los dos repertorios. No se han conservado pruebas de esto, pero en Roma se siguió cantando su repertorio hasta el siglo XIII. Por ello se copiaron los libros con sus melodías. Los musicólogos y liturgistas de este siglo han comparado esas melodías de los libros romanos y han llegado a la conclusión de ese mestizaje entre ambas tradiciones. El canto novel llamado romano-franco o romano-carolingio se vería impulsado a partir del año 800 con la subida al trono del hijo de Pipino, Carlomagno. En su deseo unificador entraba también la unidad litúrgica y por ella pasaba la abolición de los ritos previamente establecidos en las diversas regiones de Occidente. De todos ellos solamente el milanés se ha mantenido vivo hasta nuestros días. España se mantuvo en su venerable liturgia hasta finales del s. XI, a la par que avanzaba la reconquista. Algunas de las melodías del repertorio del sur de Italia han sobrevivido copiadas entre los libros gregorianos, como si alguien hubiera querido preservarlas del olvido camufladas entre el nuevo repertorio. Para mejor imponer la nueva práctica incluso se dotó muy pronto de figuras de prestigio que avalaran la composición del canto. Así es probable que ya en el s. IX la atribución de su composición al papa Gregorio I se fuese generalizando. En algunos manuscritos figura una miniatura en la que aparece este papa a quien una paloma dicta al oído las melodías y él a su vez se las canta a un amanuense que las copia en un pergamino colocado al efecto sobre un bastidor (Antifonario de Hartker, Biblioteca de san Galo, ms. 390-391, copiado entre los años 980 y 1011). Paradójicamente la invención de un sistema de escritura musical debilitaría la esencia oral del gregoriano. A medida que se perfeccionaban las escrituras y se lograban escribir de manera precisa los intervalos, desaparecían determinados matices ligados a la oralidad, que con el paso del tiempo se perdieron. Al mismo tiempo cobró auge la moda de los tropos, que en una de sus formas básicas consiste en la silabización de los melismas que poco a poco alteraron su ritmo original. Por último la aparición de la polifonía que, aunque inicialmente basada en el propio repertorio, suponía una manipulación de éste, supuso una nueva concepción del ritmo. Dentro de esta nueva situación el repertorio original que se mantenía vivo, tuvo que adaptarse a las distintas modas musicales de cada momento. Cada vez se convirtió en un canto más uniforme y llano: cantus planus. Tras el Concilio de Trento y su intento unificador, solamente se logró una feroz supresión y/o abreviación de los melismas y una aplicación errónea de las leyes del acento latino recuperadas por los humanistas del siglo XVI a las antiguas melodías. Una vez más el repertorio sucumbía de manera inconsciente ante las modas de la época. Por fin en el s. XIX serán muchos los musicólogos que denuncien el lamentable estado del canto monódico y será en el monasterio de Solesmes donde se pondrá en marcha una restauración que todavía está en curso. Tras el impulso ideológico de su primer abad, Dom Guéranger, surgieron las primeras figuras de paleógrafos y musicólogos especializados que recupararían el aspecto primitivo de las melodías: Dom Jausions, Dom Pothier, Dom Mocquereau, Dom Gajard, Dom Cardine, Dom Claire y Dom Saulnier, son solamente algunos de los eslabones de una cadena de ilustres gregorianistas que trabajaron y trabajan en el famoso Atelier de Paléographie del que han salido las principales ediciones de canto que actualmente están en uso. Pero no solamente ha sido el ámbito eclesiástico el preocupado por la restauración de las melodías gregorianas. Cada vez más los centros de investigación y las Universidades y Conservatorios participan de un empeño común en la recuperación del canto. Ciertamente para ellos no tiene las misma finalidad que animó a los primitivos restauradores solesmenses. Para aquellos es más bien científica, mientras que además de la ciencia, la oración ha sido la que ha guiado a los eruditos monjes. Sea cual fuere su finalidad, los nombres de Gevaert, Stäblein, Hucke, Huglo, Jeffery, McKinnon, Steiner, Hiley y muchos otros, contribuyeron y contribuyen hoy a un mejor conocimiento de las primitivas melodías cristianas. El reconocimiento de los estudios superiores de Canto Gregoriano hizo que en los años 80 del pasado siglo, los alumnos de uno de los principales investigadores de los neumas, dom Eugène Cardine, crearan la AISCGre (Associazione Internazionale Studi di Canto Gregoriano) que muy pronto formó diversas secciones regionales (alemana, italiana, japonesa, y más recientemente la francesa y la hispana) con el fin de seguir los estudios de Semiología propugnados por el monje solesmense que creó una abundante y prolífica escuela (Göschl, Joppich, Albarosa, Turco,...) durante sus años de docencia en el PIMS (Pontificio Istituto di Musica Sacra di Roma). Dentro de este mismo espíritu, el año 2001 se funda la seccion hispana de la AISCGre, Asociación Hispana para el Estudio del Canto Gregoriano (AHISECGre) hermana de las otras secciones nacionales cuyos fines son la difusión del Canto Gregoriano dentro del espíritu de la AISCGre Internacional, pero dando a conocer las investigaciones y trabajos que desde hace años se llevan a cabo en nuestro país.
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